jueves, 6 de agosto de 2020

Compartiendo con los cubanos Fermín Espinosa y Alex Cabreja. A propósito de la propuesta del alcalde de Medellín, Daniel Quintero, de contratar médicos cubanos durante la pandemia COVID.

Como sabrán por la descripción de mi blog, lo uso para compartir mis experiencias como andariego – migrante. Y es que soy hijo de la unión de norte santandereano migrante y larense en Venezuela.

Como hijo de norte santandereano, la sobreprotección se combinaba con una disciplina exagerada, pero quizá necesaria para cualquier migrante, lo que me hizo plantearme siempre la necesidad de independizarme pronto del núcleo familiar. Esto sin desconocer que mi padre, con sus limitaciones, siempre animó esas empresas y proyectos personales.

Trazando mi “plan de fuga” a los 16 años, mi primer “mapa de escape” fue el voluminoso libro de oferta de educación superior de la OPSU (Oficina de Planificación para el Sector Universitario) que se repartía a todos los estudiantes de bachillerato de Venezuela. El voluminoso ejemplar contenía información detallada sobre las instituciones universitarias públicas y privadas, programas, servicios complementarios, ayudas y becas, entre otros. Por diversos motivos, desde el prestigio, los programas disponibles, el programa de becas deportivas para boxeadores, el costo de vida relativamente bajo en la ciudad de Mérida y contar con familiares del lado materno que me estiman mucho decidí estudiar en la Universidad de los Andes (institución pública).

En 2004 llegó el día de comenzar en la Universidad de los Andes de Mérida. Luego de disfrutar el primer almuerzo en el comedor universitario (con "0" costo para los estudiantes, pero un costo enorme para la sociedad) me dirigí, con mi indumentaria y la ficha de registro del club de mi ciudad natal de Barquisimeto, al Centro Deportivo para preguntar por el programa de boxeo y las becas. La respuesta fue como un balde de agua fría, “no había programa de boxeo, la información del libro de la OPSU estaba errada”. Uno de los entrenadores de lucha me ofreció ir a entrenar y probarme. Probé con el entrenamiento de lucha por un tiempo, una experiencia que le recomiendo a cualquiera, pero me di cuenta que el nivel del resto era muy alto y que tardaría mucho tiempo en estar al nivel de ellos y poder optar por la beca, así que no era opción.

Así, estando a la mitad del “plan de fuga” y con más probabilidad de terminar en fracaso que éxito, es decir posiblemente graduarme, pero sin haber contado con los recursos económicos para alcanzar otras metas como: cursar idiomas en las escuelas privadas o adquirir los mejores libros para formarme por sobre la media e intentar migrar, en la misa de conmemoración de un santo al que es muy devota la familia de mi madre, en el pueblo “La Mesa de los Indios”, hablé con un primo lejano, Jimmy Rangel, quien me dijo que en Ejido (municipio Campo Elías) había un gimnasio de boxeo dirigido por un entrenador Cubano muy bueno. Se abría nuevamente la oportunidad de contar con una beca con ese municipio o con la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho (beca que con la administración del gobierno socialista del MVR - PSUV había dejado de ser accesible sólo por méritos académicos sino con base también en “otros factores” más revolucionarios y propios del “hombre nuevo”).

En 2005 fui al Gimnasio Amador Uzcátegui y conocí al entrenador Fermín Espinosa. Espinosa era cubano, de tez oscura, edad avanzada, baja estatura, muy delgado, usaba gafas, siempre con su traje deportivo, desconfiando siempre de todos, muy atento y galán con las peluqueras del municipio. En el ámbito educativo-deportivo hacía bien su trabajo, no así en el ámbito administrativo, lo cual sin embargo no era atribuible a él sino a la “para-estatalidad” a la que el gobierno socialista venezolano (de 1998 hasta el dos mil siempre al parecer … ) sometió a la población venezolana y a los propios funcionarios cubanos por igual.

 

Entre las frases que más le recuerdo puedo citar: “si están acá es porque no son buenos en el beisbol, pero son guapos (valientes) y deben ser disciplinados”, “ésto no es un juego, el otro no va a jugar con ustedes, el beisbol está bien, es un juego, pero esto no es beisbol y ustedes son malos en beisbol”, “sean tranquilos, no anden cabreando a la gente”, “mira, un hombre cabreado, así se vea inofensivo te mata si lo cabreas”, “todas las mujeres son bonitas y hay que quererlas”.

Como señalé, Espinoza se encontraba con una incertidumbre frente al manejo administrativo, de hecho, no contaba con derechos como representante del club para presentar solicitudes formales ante las autoridades públicas que podrían brindar servicios (la alcaldía, gobernación, ministerios, etc.). Aunque en el marco de la para-estatalidad, una persona cubana, cada cierto tiempo surtía el club con implementos de primera calidad: sacos, peras, guantes, guantillas, máscaras, etc., no aportaban los recursos para la instalación completa de los mismos, por lo que la mayoría de las veces estos implementos se mantenían guardados y sin utilizarse o simplemente eran robados

La informalidad se presentaba también con el registro de los atletas, en mi caso mantenía la ficha de mi primer gimnasio y posteriormente tuve que inscribirme en un club del municipio Alberto Adriani (El Vigía), dirigido por entrenadores venezolanos para poder contar con registro (a pesar de entrenar con un cubano, algo mal visto entre los entrenadores venezolanos, me aceptaron porque creyeron que era familiar del famoso boxeador merideño Edwin “el inca” Valero, por mi segundo apellido). El resto de mis compañeros del club de Campo Elías no contaban las fichas de registro, por tanto, también hacían parte de la para-estalidad y no podían presentarse para el programa de ayudas a los deportistas en el país. Luego, al ganar algunos combates, otros entrenadores venezolanos los registraban en sus clubes de otros municipios.

El tema deportivo también presentaba problemas por la negación de los derechos fundamentales básicos de los cubanos trabajando para la para-estatalidad en Venezuela. Por ejemplo, Espinoza tenía prohibido salir del municipio de Campo Elías sin permiso de un “comité” (nunca supe si era el comité del partido comunista o cuál comité, y a Espinosa no le gustaba hablar mucho de ello). Lo anterior dificultaba que nos acompañara en los torneos y competencias que se presentaban en otros municipios.

Sólo nos acompañó en dos oportunidades. La primera de ellas al municipio Alberto Adriani, debiendo transitar por peajes y alcabalas. Al parecer no le había pedido permiso al “comité” y todo el viaje estuvo muy angustiado y nervioso. Algunos hacíamos bromas diciéndole que “estas pálido… estás blanco”. La segunda nos acompañó a La Azulita, en dónde un entrenador cubano de ese municipio invitó a unos cotejos e intercedió ante el comité "para que no hubiera problemas”.

La situación cada vez empeoraba más, y para 2009 el ring del club se dañó y no tuvo reparación. Los pocos atletas que logramos sacar ficha con otros clubes, las mismas fueron revocadas luego de quejas por parte de otros entrenadores venezolanos. En 2008 no se volvió a saber de Espinoza, por suerte dejó la llave del depósito a uno de los atletas y nos facilitaba acceso al material y equipos.

En mi caso rápidamente logré mi objetivo de obtener becas por alto rendimiento académico y trabajar algunas horas como asistente administrativo de un grupo investigativo de la universidad desde 2005 y la beca Gran mariscal Ayacucho por “trabajo social y deporte” desde 2007. Sin embargo, el resto de compañeros prefirieron pasarse a otros deportes que contaban con más apoyo en el municipio.

La experiencia con Fermín Espinoza me mostró las condiciones de esclavitud moderna en la que se encuentran los cubanos. Y es que la violación a derechos fundamentales no se restringía sólo a la limitación de la movilidad, sino a la del manejo de sus ingresos y salarios. Espinosa sólo podía disponer de un porcentaje muy pequeño de su contrato con el Estado Venezolano, y la mayoría de este era tomado por el Estado Cubano, una especie de “plusvalía inversa”. Lo que hacía que Espinoza tuviera que vivir en una habitación junto a muchos otros cubanos que se desempeñaban como médicos, entrenadores o docentes.

 

Logrado con éxito mi “plan de escape” en 2010, es decir graduarme como politólogo con calificaciones sobresalientes, experiencia investigativa y conocimiento de otros idiomas, logré migrar a Colombia contando con una beca para estudiar posgrado en la Universidad de los Andes de Bogotá. En Bogotá tuve una segunda relación de amistad cercana con otro cubano, Alex Cabreja.

Alex fue el médico de salud ocupacional que me atendió recién llegado a Bogotá. Era una persona también de piel oscura, estatura baja, fornido, muy parlanchín y repetidor de la frase “ahí dios mío”. Desde el intercambio del saludo nos percatamos que ninguno de los dos era Bogotano, y ambos tratamos de moderar nuestro acento para no delatarnos como cubano y venezolano. En ambos casos de manera infructuosa, finalmente ante la pregunta de “lugar de nacimiento” y ante mi respuesta “Barquisimeto, Estado Lara, Venezuela” me dijo “tu no eres Colombiano” y yo le dije “usted menos” y comenzamos a reír.

Teniendo muchas cosas en común como ser migrantes, haber huido de Venezuela, por la crisis en mi caso, y por la búsqueda de la libertad en su caso, llegar a Bogotá sólo con nuestros diplomas profesionales y el gusto por el deporte, intercambiamos número de celular para mantener contacto. Alex era un buen compañero para disfrutar partidos de la NBA y tomar cerveza, conocía de la liga, las estrellas y las estrategias. En algunas oportunidades me acompañó a la biblioteca Luis Ángel Arango, a los museos y a los parques. En más de una oportunidad me comentó sus padecimientos en Venezuela trabajando en los famosos CDI, como los jefes de los comités socialistas los humillaban, les extraían aún más de lo poco que les quedaba de su salario, los amenazaban con reportar malos comportamientos. Me comentaba de su plan de fuga de Venezuela y de los planes para lograr migrar a los Estados Unidos. De cómo le gustaría contar pronto con la Green Card para poder visitar a su mamá en Cuba.

Al igual que Fermín Espinoza, la angustia por la vigilancia de la dictadura cubana siempre lo acompañaba. En una oportunidad lo invité a almorzar en el Restaurante Secretos del Mar en La Candelaria, cuyos dueños son afros del pacífico colombiano y decoran el restaurante con afiches de la revolución cubana y movimientos de izquierda en Colombia. Alex al ver las fotos de la revolución cubana se puso algo nervioso y me preguntó “¿a qué me trajiste tu? Ahí dios mío”, y cuando el dueño del restaurante le preguntó “¿y de qué parte es el amigo?”, transformando su acento a algo parecido al venezolano dijo “De Caracas”. Lo calmé y le dije que tranquilo, que eran personas del pacífico colombiano, algo molesto me dijo “no me hagas eso otro vez”.

Finalizando el año 2011 Alex recibió de la Embajada de los Estados Unidos la aprobación de su solicitud de asilo. No tenía mucho en Colombia, sólo una maleta pequeña de ropa, 3 libros de medicina. Me regaló unas cremas que no podía llevarse. Lo acompañé al aeropuerto. No cabía de la felicidad. Actualmente se encuentra en Houston, trabajando en asuntos de radiología, no ejerce como médico, y mantenemos contacto para seguir hablando de la vida, del peligro de la izquierda en Colombia y, por supuesto de la NBA y los Rockets.

Ojalá el alcalde de Medellín Daniel Quintero sorprenda trayendo a los médicos cubanos, pero no para reproducir la explotación de ellos por parte de la tiranía Cubana, sino como una medida humanitaria para ayudarlos a escapar de la misma. ¿Estaré delirando? Ojalá que no.


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