Como sabrán por
la descripción de mi blog, lo uso para compartir mis experiencias como
andariego – migrante. Y es que soy hijo de la unión de norte santandereano
migrante y larense en Venezuela.
Como hijo de
norte santandereano, la sobreprotección se combinaba con una disciplina
exagerada, pero quizá necesaria para cualquier migrante, lo que me hizo
plantearme siempre la necesidad de independizarme pronto del núcleo familiar.
Esto sin desconocer que mi padre, con sus limitaciones, siempre animó esas
empresas y proyectos personales.
Trazando mi “plan
de fuga” a los 16 años, mi primer “mapa de escape” fue el voluminoso libro de
oferta de educación superior de la OPSU (Oficina de Planificación para el
Sector Universitario) que se repartía a todos los estudiantes de bachillerato
de Venezuela. El voluminoso ejemplar contenía información detallada sobre las
instituciones universitarias públicas y privadas, programas, servicios
complementarios, ayudas y becas, entre otros. Por diversos motivos, desde el prestigio,
los programas disponibles, el programa de becas deportivas para boxeadores, el
costo de vida relativamente bajo en la ciudad de Mérida y contar con familiares del lado materno que me estiman mucho decidí estudiar en la Universidad
de los Andes (institución pública).
En 2004 llegó el
día de comenzar en la Universidad de los Andes de Mérida. Luego de disfrutar el
primer almuerzo en el comedor universitario (con "0" costo para los estudiantes,
pero un costo enorme para la sociedad) me dirigí, con mi indumentaria y la
ficha de registro del club de mi ciudad natal de Barquisimeto, al Centro
Deportivo para preguntar por el programa de boxeo y las becas. La respuesta fue
como un balde de agua fría, “no había programa de boxeo, la información
del libro de la OPSU estaba errada”. Uno de los entrenadores de lucha me ofreció
ir a entrenar y probarme. Probé con el entrenamiento de lucha por un tiempo,
una experiencia que le recomiendo a cualquiera, pero me di cuenta que el nivel
del resto era muy alto y que tardaría mucho tiempo en estar al nivel de ellos y
poder optar por la beca, así que no era opción.
Así, estando a la
mitad del “plan de fuga” y con más probabilidad de terminar en fracaso que
éxito, es decir posiblemente graduarme, pero sin haber contado con los recursos
económicos para alcanzar otras metas como: cursar idiomas en las escuelas privadas
o adquirir los mejores libros para formarme por sobre la media e intentar migrar,
en la misa de conmemoración de un santo al que es muy devota la familia de mi
madre, en el pueblo “La Mesa de los Indios”, hablé con un primo lejano, Jimmy
Rangel, quien me dijo que en Ejido (municipio Campo Elías) había un gimnasio de
boxeo dirigido por un entrenador Cubano muy bueno. Se abría nuevamente la
oportunidad de contar con una beca con ese municipio o con la Fundación Gran
Mariscal de Ayacucho (beca que con la administración del gobierno socialista
del MVR - PSUV había dejado de ser accesible sólo por méritos académicos sino
con base también en “otros factores” más revolucionarios y propios del “hombre
nuevo”).
En 2005 fui al
Gimnasio Amador Uzcátegui y conocí al entrenador Fermín Espinosa. Espinosa era
cubano, de tez oscura, edad avanzada, baja estatura, muy delgado, usaba gafas,
siempre con su traje deportivo, desconfiando siempre de todos, muy atento y
galán con las peluqueras del municipio. En el ámbito educativo-deportivo hacía
bien su trabajo, no así en el ámbito administrativo, lo cual sin embargo no era
atribuible a él sino a la “para-estatalidad” a la que el gobierno socialista
venezolano (de 1998 hasta el dos mil siempre al parecer … ) sometió a la
población venezolana y a los propios funcionarios cubanos por igual.
Entre las frases
que más le recuerdo puedo citar: “si están acá es porque no son buenos en el
beisbol, pero son guapos (valientes) y deben ser disciplinados”, “ésto no es un
juego, el otro no va a jugar con ustedes, el beisbol está bien, es un juego,
pero esto no es beisbol y ustedes son malos en beisbol”, “sean tranquilos, no
anden cabreando a la gente”, “mira, un hombre cabreado, así se vea inofensivo
te mata si lo cabreas”, “todas las mujeres son bonitas y hay que quererlas”.
Como señalé,
Espinoza se encontraba con una incertidumbre frente al manejo administrativo,
de hecho, no contaba con derechos como representante del club para presentar
solicitudes formales ante las autoridades públicas que podrían brindar
servicios (la alcaldía, gobernación, ministerios, etc.). Aunque en el marco de
la para-estatalidad, una persona cubana, cada cierto tiempo surtía el club con implementos
de primera calidad: sacos, peras, guantes, guantillas, máscaras, etc., no
aportaban los recursos para la instalación completa de los mismos, por lo que
la mayoría de las veces estos implementos se mantenían guardados y sin
utilizarse o simplemente eran robados
La informalidad
se presentaba también con el registro de los atletas, en mi caso mantenía la
ficha de mi primer gimnasio y posteriormente tuve que inscribirme en un club
del municipio Alberto Adriani (El Vigía), dirigido por entrenadores venezolanos
para poder contar con registro (a pesar de entrenar con un cubano, algo mal
visto entre los entrenadores venezolanos, me aceptaron porque creyeron que era
familiar del famoso boxeador merideño Edwin “el inca” Valero, por mi segundo
apellido). El resto de mis compañeros del club de Campo Elías no contaban las
fichas de registro, por tanto, también hacían parte de la para-estalidad y no
podían presentarse para el programa de ayudas a los deportistas en el país.
Luego, al ganar algunos combates, otros entrenadores venezolanos los
registraban en sus clubes de otros municipios.
El tema deportivo
también presentaba problemas por la negación de los derechos fundamentales
básicos de los cubanos trabajando para la para-estatalidad en Venezuela. Por
ejemplo, Espinoza tenía prohibido salir del municipio de Campo Elías sin
permiso de un “comité” (nunca supe si era el comité del partido comunista o
cuál comité, y a Espinosa no le gustaba hablar mucho de ello). Lo anterior
dificultaba que nos acompañara en los torneos y competencias que se presentaban
en otros municipios.
Sólo nos acompañó
en dos oportunidades. La primera de ellas al municipio Alberto Adriani, debiendo
transitar por peajes y alcabalas. Al parecer no le había pedido permiso al
“comité” y todo el viaje estuvo muy angustiado y nervioso. Algunos hacíamos
bromas diciéndole que “estas pálido… estás blanco”. La segunda nos acompañó a
La Azulita, en dónde un entrenador cubano de ese municipio invitó a unos
cotejos e intercedió ante el comité "para que no hubiera problemas”.
La situación cada
vez empeoraba más, y para 2009 el ring del club se dañó y no tuvo reparación.
Los pocos atletas que logramos sacar ficha con otros clubes, las mismas fueron
revocadas luego de quejas por parte de otros entrenadores venezolanos. En 2008
no se volvió a saber de Espinoza, por suerte dejó la llave del depósito a uno
de los atletas y nos facilitaba acceso al material y equipos.
En mi caso
rápidamente logré mi objetivo de obtener becas por alto rendimiento académico y
trabajar algunas horas como asistente administrativo de un grupo investigativo
de la universidad desde 2005 y la beca Gran mariscal Ayacucho por “trabajo
social y deporte” desde 2007. Sin embargo, el resto de compañeros prefirieron
pasarse a otros deportes que contaban con más apoyo en el municipio.
La experiencia
con Fermín Espinoza me mostró las condiciones de esclavitud moderna en la que
se encuentran los cubanos. Y es que la violación a derechos fundamentales no se
restringía sólo a la limitación de la movilidad, sino a la del manejo de sus
ingresos y salarios. Espinosa sólo podía disponer de un porcentaje muy pequeño
de su contrato con el Estado Venezolano, y la mayoría de este era tomado por el
Estado Cubano, una especie de “plusvalía inversa”. Lo que hacía que Espinoza
tuviera que vivir en una habitación junto a muchos otros cubanos que se
desempeñaban como médicos, entrenadores o docentes.
Logrado con éxito
mi “plan de escape” en 2010, es decir graduarme como politólogo con
calificaciones sobresalientes, experiencia investigativa y conocimiento de otros
idiomas, logré migrar a Colombia contando con una beca para estudiar posgrado
en la Universidad de los Andes de Bogotá. En Bogotá tuve una segunda relación
de amistad cercana con otro cubano, Alex Cabreja.
Alex fue el
médico de salud ocupacional que me atendió recién llegado a Bogotá. Era una
persona también de piel oscura, estatura baja, fornido, muy parlanchín y
repetidor de la frase “ahí dios mío”. Desde el intercambio del saludo nos
percatamos que ninguno de los dos era Bogotano, y ambos tratamos de moderar
nuestro acento para no delatarnos como cubano y venezolano. En ambos casos de
manera infructuosa, finalmente ante la pregunta de “lugar de nacimiento” y ante
mi respuesta “Barquisimeto, Estado Lara, Venezuela” me dijo “tu no eres
Colombiano” y yo le dije “usted menos” y comenzamos a reír.
Teniendo muchas
cosas en común como ser migrantes, haber huido de Venezuela, por la crisis en
mi caso, y por la búsqueda de la libertad en su caso, llegar a Bogotá sólo con
nuestros diplomas profesionales y el gusto por el deporte, intercambiamos
número de celular para mantener contacto. Alex era un buen compañero para
disfrutar partidos de la NBA y tomar cerveza, conocía de la liga, las estrellas
y las estrategias. En algunas oportunidades me acompañó a la biblioteca Luis
Ángel Arango, a los museos y a los parques. En más de una oportunidad me
comentó sus padecimientos en Venezuela trabajando en los famosos CDI, como los
jefes de los comités socialistas los humillaban, les extraían aún más de lo
poco que les quedaba de su salario, los amenazaban con reportar malos comportamientos.
Me comentaba de su plan de fuga de Venezuela y de los planes para lograr migrar
a los Estados Unidos. De cómo le gustaría contar pronto con la Green Card para
poder visitar a su mamá en Cuba.
Al igual que
Fermín Espinoza, la angustia por la vigilancia de la dictadura cubana siempre
lo acompañaba. En una oportunidad lo invité a almorzar en el Restaurante
Secretos del Mar en La Candelaria, cuyos dueños son afros del pacífico
colombiano y decoran el restaurante con afiches de la revolución cubana y
movimientos de izquierda en Colombia. Alex al ver las fotos de la revolución
cubana se puso algo nervioso y me preguntó “¿a qué me trajiste tu? Ahí dios mío”,
y cuando el dueño del restaurante le preguntó “¿y de qué parte es el amigo?”,
transformando su acento a algo parecido al venezolano dijo “De Caracas”. Lo
calmé y le dije que tranquilo, que eran personas del pacífico colombiano, algo
molesto me dijo “no me hagas eso otro vez”.
Finalizando el
año 2011 Alex recibió de la Embajada de los Estados Unidos la aprobación de su
solicitud de asilo. No tenía mucho en Colombia, sólo una maleta pequeña de
ropa, 3 libros de medicina. Me regaló unas cremas que no podía llevarse. Lo
acompañé al aeropuerto. No cabía de la felicidad. Actualmente se encuentra en
Houston, trabajando en asuntos de radiología, no ejerce como médico, y
mantenemos contacto para seguir hablando de la vida, del peligro de la
izquierda en Colombia y, por supuesto de la NBA y los Rockets.
Ojalá el alcalde
de Medellín Daniel Quintero sorprenda trayendo a los médicos cubanos, pero no
para reproducir la explotación de ellos por parte de la tiranía Cubana, sino como
una medida humanitaria para ayudarlos a escapar de la misma. ¿Estaré delirando?
Ojalá que no.
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